Los niños y niñas también expresan lo que sienten… aunque no siempre con palabras

  • 15 mayo, 2026

En muchas ocasiones, los adultos cometemos el error de pensar que la infancia es una etapa libre de preocupaciones. Sin embargo, los niños y niñas también experimentan una gran complejidad emocional. La gran diferencia radica en que, a menudo, no saben poner nombre a lo que sienten. Las emociones pueden resultarles confusas y abrumadoras, por lo que en la infancia es habitual que el malestar emocional no se verbalice, sino que se exprese a través de cambios de conducta, actitudes o reacciones que llaman la atención de las familias.

Cuando un menor cambia su forma de actuar de manera repentina o drástica, nos está enviando un mensaje cifrado. Rabietas frecuentes, irritabilidad, miedos injustificados, aislamiento, problemas para dormir, falta de apetito o una bajada repentina en el rendimiento escolar no son llamadas de atención caprichosas; son señales de que algo está ocurriendo a nivel emocional, señales de alerta.

Detrás de una conducta desafiante, agresiva o rebelde no siempre hay “mal comportamiento”. Es como un iceberg. Si miramos bajo la superficie, muchas veces lo que existe es tristeza profunda, inseguridad, ansiedad, celos, frustración o una grave dificultad para gestionar determinadas situaciones que les superan.

Cada niño o niña es un mundo. Manifiestan su mundo interno de una manera diferente. La expresión emocional no sigue un patrón único. Algunos niños necesitan hablar constantemente, preguntar de forma repetitiva o externalizar su energía mediante la hiperactividad o el descontrol conductual.

Otros, por el contrario, se encierran en sí mismos, se vuelven inusualmente silenciosos o somatizan su malestar a través del cuerpo (dolores de tripa, dolores de cabeza o tensión muscular).

Por eso, la labor de los adultos no es juzgar la conducta de inmediato, sino observar con atención y escuchar activamente para comprender qué necesitan realmente en ese momento.

El entorno que rodea al niño/a es su principal red de seguridad. Cuando un menor se siente escuchado, acompañado y verdaderamente comprendido, no solo se calma el malestar del momento, sino que desarrolla una mayor seguridad emocional a largo plazo y aprende herramientas saludables para gestionar lo que le ocurre.

Es fundamental entender un matiz importante: validar sus emociones no significa permitir cualquier comportamiento. Podemos entender y aceptar que un niño sienta rabia o frustración, pero nuestro papel es ayudarle a entender ese sentimiento y, al mismo tiempo, enseñarle formas adecuadas, seguras y respetuosas de expresarlo.

¿Cuándo es momento de buscar ayuda profesional? Identificar y descifrar estas conductas no siempre es fácil y es completamente normal que, como padres o madres os sintáis desbordados. Si notas que los cambios de conducta persisten en el tiempo, interfieren gravemente en su día a día o no sabes cómo gestionarlos, recuerda que no estás solo o sola.

En Orienta Psicólogos estamos a tu disposición para proporcionarte el espacio, el asesoramiento y las herramientas terapéuticas necesarias para acompañar el desarrollo emocional de los más pequeños.